Debe ser complicado poner ¿cuanta gente tiene Facebook? tantas alternativas para que el jueguito sea original. En fin no se cómo voy a morir y tampoco quiero saberlo, pero sí se dónde quiero que me entierren el día que ya no forme parte del mundo material.
Yo vivo en San Miguel de Tucumán, "El Jardín de la República Argentina". Para mí, obviamente, el lugar más bello de mi país. Existe un punto en este lindo y verde jardincito que se llama San Javier. Es un cerro y, entre las tantas cosas que tiene y me gusta, está la cercanía a la ciudad. En unos 45 minutos de pedaleo se puede llegar o bien, en auto, bastan 20 minutos para ascender hasta el punto más conocido que es "El Cristo Bendiciente". El paseo lo tomé como un recreo durante las jornadas de cinco largos años sin vacaciones, aunque lo sigo haciendo porque la costumbre me encantó.
Mi punto preferido no es como con lógica pueden pensar ése cristo. No, mi lugar preferido es el que se conoce como segundo mirador y es ahí dónde quiero que me entierren. Si por sus cabezas ronda el pensamiento de "qué original es La Dama del Deporte", no lo piensen más porque no es así: allí ya descansan los restos de un tucumano. Varios años después de pasar seguido por allí me dio curiosidad de investigar de qué se trataba el monolito que estaba allí. Mucho tiempo pasé por ahí sin que la curiosidad me atrapara, hasta que me atrapó. Así descubrí, primero, que alguien había elegido ese lugar para descansar eternamente y después conocí de quién se trataba. Vaya casualidad, tenemos mucho en común: fue periodista, escritor -yo no soy escritora, pero gracias a este blog me siento un poquito así-, le gustaba el fútbol -es más escribió crónicas deportivas particularmente literarias para aquellos años 30- y amaba los paisajes de Tucumán.
No me resulta extraño que coincidamos que ése lugar es un buen sitio para descansar toda la eternidad. Aquí una pequeña descripción de Pablo Rojas Paz de cómo él veía o mejor aún, sentía, el paisaje de San Javier:
"Era un balcón hacia el espacio que brindaba dos perspectivas diferentes. Por un lado estaba la amplia vastedad de las colinas de oriente tapizada por el verde firme de los cañaverales; más abajo los anchos tablones de los naranjales de oro y el tachón rojo de las estrellas federales. Y oro, rojo y verde maduraban a la espléndida luz del mediodía. A lo lejos, “algo como un orvallo desdibujaba las chimeneas de los ingenios y las torres enanas de la ciudad. Por los anchos caminos, los carros cañeros iban arando con su llanta de acero. Era un paisaje organizado y aquietado por la mano del hombre, que había conseguido domesticar los poderes de la naturaleza con su eclosión lujuriosa. Y había que estar combatiendo siempre para que bosque y maraña no invadieran los cultivos.Pero si por un lado el trabajo humano había musicalizado el paisaje hasta volverlo melódico en la ondulación de sus colinas, bastaba volver la espalda a cañaverales y naranjales para contemplar la amplia y abrupta perspectiva de valles y quebradas tapizados de bosques acústicos con gigantescos árboles recubiertos por lianas, epífitas y parásitas, y unidos entre ellos por el bloque de la maraña de donde con frecuencia salía un puma buscador de cabritos”.
"Vista desde el cerro", artículo publicado en el diario LA GACETA de Tucumán, 4 de diciembre de 2004, sección "Apenas ayer", autor Carlos Páez de la Torre (h). Yo creo que estoy lejos de describir con tanta elegancia lo que provoca un lugar así, por eso dejo que las imágenes hablen un poco por mí.
Lo que más me gusta de ese punto es el aire. Es muy fresco, aunque la jornada sea muy calurosa, parar ahí cuando se viene pedaleando es un placer relajante. Lo ideal para mí es ir en un día de lluvia. Saber calcular a qué hora dejará de llover y llegar cerca del momento en que está por anochecer y así poder apreciar el doble paisaje: la ciudad con las luces apagadas y luego prendidas. Ya la situación en ese horario y en ese momento del día, en cualquier momento del año, amerita un abrigo liviano. Me quedo viéndolo y no lo uso porque prefiero gozar de la frescura del aire del cerro, pero sin sufrir frío.
Los que me conocen tendrán la excusa ideal para ir a mi tumba, aunque más que excusa espero que sea el deseo de ir a visitarme cuando me muera. ¡¿Qué más se puede pedir cuando se visita una tumba?! Si van, es porque hay un ser querido y, como yo no quiero que sientan mucha tristeza cuando me visiten, el paisaje los va a ayudar. Y es en serio, sino lean lo que se publicó en La Prensa del 28 de agosto de 1994. En esa oportunidad Antonio Requemi hizo una semblanza sobre Rojas Paz y contó lo que sintió frente a la tumba del escritor y periodista construida con firmeza en el corazón de la montaña:
"Dos años más tarde {de su muerte}, en 1958, su esposa e hijo, junto con un grupo de amigos y admiradores, llevaron sus restos a Tucumán para enterrarlos en la ladera del cerro San Javier. Allí, bajo el sonoro estremecimiento de la fronda, un monolito y una placa dicen su nombre.
Cuando, años más tarde, visitamos el lugar, nos quedamos un rato en silencio, pensando en aquella alma noble y límpida, tiznada por el trajín intensos de tantas jornadas porteñas. Seguramente había recobrado en ese sitio su verdad, su alegría, su inocencia.
Confesamos no haber experimentado tristeza ante esa tumba, más bien una ternura melancólica. Devuelto a su tierra, el espíritu de Pablo Rojas Paz nadaría feliz por ese cielo, por esa luz, por ese aire con memorias".
La Dama del Deporte espera que cuando la muerte la derribe para siempre, a quien corresponda (madre y hermanos deberán cumplir mi voluntad) haga todo lo necesario para que ese segundo mirador, a la par de "El Negro de la tribuna" -ese era su seudónimo cuando escribía las crónicas deportivas- sea mi lugar de descanso para siempre.
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