lunes, 16 de enero de 2012

Valiosas lágrimas de un campeón extraordinario

 
La final del Abierto de Australia 2009 fue de altísimo nivel. No era para menos si los protagonistas eran Roger Federer y Rafael Nadal, sin embargo no fue el nivel de juego lo que mas me impresionó; creo que a todos nos impactó más lo que pasó en la ceremonia de premiación.
El protocolo establece que primero hable el subcampeón, en este caso Federer. Antes de hablar ya se notaba algo distinto en el suizo con respecto a ceremonias anteriores, más allá del hecho que era el perdedor, poco acostumbrado a ese rol. Cuando llegó el momento de hablar empezó, pero no pudo terminar. Las lágrimas lo vencieron mucho más rápido que Nadal.


Nadal recibe el trofeo, mientras Federer intenta no llorar.

El "esto me está matando" no necesitaba traducción para los que siguen el tenis. Esa frase significaba impotencia ante la situación que Nadal le planteaba: no me podés ganar. Y eso que Federer a esa altura ya había ganado casi todo. El rércord desfavorable que tenía hasta ese momento era de 13-6 contra Nadal y venía de perder la final de Wimbledon 2008 en cinco de los mejores sets de la historia que completaron un partido de tenis. La derrota en Australia le carcomía su humanidad.
Esas lágrimas provocaron las mías. Cada vez que veo el video que está abajo, se escapa una lagrimita pero de emoción y admiración porque ese hombre me dejó en claro que ama lo que hace y que busca la perfección que, cuando no se encuentra, causa frustración.

Muchos, en especial los españoles, se burlaron de la situación la cual no merecía esa interpretación. Pero el español más importante fue un caballero: buscó, portando una invisible capa de héroe, a su rival herido y lo cobijó mientras era un mar de lágrimas. Una muestra de caballerosidad entre dos hombres que “están en la misma” y se entienden.
A veces me preguntan porqué el tenis es mi deporte preferido y creo que un episodio como este es un buen modo de explicarlo. Porque a mí todavía, como buena mortal que soy, me cuesta entender cómo una persona llora desconsoladamente si sus lágrimas caen sobre un cheque de millones de dólares.
Ellos dos se entienden, el resto sólo podemos imaginarnos o soñar que algún día los entenderemos. Mientras tanto, me quedo con la explicación que me dio mi anterior jefe de deportes, Guillermo Monti: ellos ya no juegan por la plata, juegan por la gloria. Campeones como ellos son extraordinarios, que pueda ejercer mi profesión contemporáneamente a ellos es, sin dudas, un privilegio.

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